Día 17. Puerto Maldonado. Amazonas.

Llegamos en avión desde Cuzco. Nos recogieron con un bus mientras caía una tormenta de órdago. Nos llevaron hasta la población de Puerto Maldonado. Pequeña población y sencilla, en plena cuenca del Amazonas. Allí pudimos tomar un refresco hasta que se reunía todo un grupo de turistas y nos llevaban a algo parecido a un embarcadero para subir a una embarcación que nos llevaría a nuestro hotel en la selva amazónica.

Y así cuando estuvimos todos. Nos hicieron subir en un tipo de embarcación con motor y nos llevaron al hotel.

El hotel, como ya habíamos visto antes en Nepal, consta de cabañas elevadas del suelo, que no disponen de luz eléctrica. Ni aire acondicionado ni nada que pueda perjudicar a la selva. Siempre hay una cabaña central, donde se sitúa la recepción y los salones para tomar algo, descansar y dónde se sirven las diferentes comidas del día. Llegamos un día al mediodía, y al dejar el equipaje, fuimos al comedor pues ya nos esperaba el primer almuerzo.

En estos complejos, te mantienen ocupado casi todo el día. Madrugas, desayunas, haces una excursión, regresas, comes, descansas un rato, otra excursión, vuelves, cenas y a dormir. Y así cada día que estés ahí.

La selva es la selva, con sus peligros, maravillas, y un sin fin de sensaciones que te invaden mientras estás en ella. La primera tarde hicimos una caminata por el otro lado del Amazonas. Nos llevaba un guía y nos iba explicando cosas de algunos animales y plantas. Por ejemplo el mono tití. Cabe en la palma de una mano y vive en la selva amazónica.

Y nos dio tiempo de ver el atardecer amazónico. Una maravilla.

Al regresar, nos dieron la cena, y justo después pudimos ver un tapir. Los tapires son animales muy escurridizos pero que aquí al parecer, se acercaban a saludar a los turistas a cambio de unas pequeñas bananas que nos facilitaron en el mismo hotel. No tengo fotos porque la cámara la habíamos dejado en la cabaña y por aquel entonces no había móviles con los que fotografiar cosas. Una pena. No solo vimos uno. Había varios tapires deambulando por el hotel. Pero uno entró en la zona del bar, y es donde le dábamos bananitas como al mejor animal de compañía. Un ratito más tarde nos dijeron que íbamos a salir en barca por los alrededores del hotel para ver si veíamos algún caimán. Nos emocionamos mucho y queríamos ver cuántos cuantos más animales mejor. Así que nos subimos a una barcaza y navegamos un poco por el amazonas con la única luz de unas linternas que llevaban los guías. Y mira tú! De la nada salió una cría de caimán.

A día de hoy aún no se se como pudieron verla y cogerla. Yo siempre he pensado que la llevaban escondida jeje. No vimos ningún caimán más. Nos quedaremos con esa cría en el recuerdo. Nos fuimos a dormir con la luz de una vela y una barra en forma de espiral, con incienso para toda la noche, para ahuyentar a los mosquitos e insectos.

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