Día 2. Living Las Vegas.

Tras un desayuno americano, nos dispusimos a ver la ciudad de Las Vegas. Una de las mejores cosas que hacer, es visitar los hoteles. Esos hoteles que imitan a lugares europeos, y que que maravillan a quien los ve. Verlos por dentro es un pequeño placer pues cuidan hasta el mínimo detalle.

Una peculiaridad en los hoteles de Las Vegas es que vas a tener que pasar por la zona de casino sí o sí, para acceder al checkin, checkout o dirigirte a algún restaurante. Están abiertos las 24 horas del día y son la única zona donde está permitido fumar. Ver jugar a gente en grupo o en solitario, a cualquier hora del día, es algo que puede chocar si no eres muy aficionado a los juegos de casino.

Desde Las Vegas es posible realizar excursiones para ver el Gran Cañón de Colorado. Solo tienes que acercarte por el montón de oficinas turísticas de su calle principal y preguntar por ello. Los precios no bajan de unos 100 euros e irá subiendo en función de los extras que quieras realizar. Hay excursiones donde te pueden pasar a buscar por el hotel, y de camino a Gran Cañón, hacer almuerzo y luego sobrevolar el cañón con helicóptero. Debe ser asombroso, aunque nosotros lo encontramos muy caro y como teníamos pensado ir a verlo con el coche, decidimos prescindir del helicóptero.

Después de ver hoteles y preguntar en oficinas de excursiones, decidimos visitar la parte vieja de Las Vegas. El barrio de Fremont. Mucho ha cambiado este barrio. Para ir, solo has de tomar un bus que pasa por la calle principal donde están la mayoría de hoteles, y bajarte en Fremont. Una vez allí la calle Fremont nos dejó boquiabiertos. Una calle que tampoco duerme casi nunca, tapada con una cúpula donde se proyectan imágenes de vídeo y que impide que el sol caliente a los turistas. Allí podrás encontrar sitios de comida rápida, actuaciones varias, hoteles, casinos y una tirolina que cruza la cúpula de principio a fin. Es la atracción de Freemont.

Ver imágenes típicas de Las Vegas, despierta un no se qué, entre admiración y lo absurdo de todo. Construir una ciudad en pleno desierto, para ocio, es algo que sólo podían hacer los americanos.

Decidimos volver a la zona de hoteles para comer algo y deleitarnos con un postre escandalosamente enorme en un restaurante al lado mismo del nuestro hotel, el Black Tap. El paraíso de las hamburguesas y de las copas de helado con todo tipo de gustos y sabores.

La tarde la dedicamos a ver algún hotel más y disfrutar de las fuentes del hotel Bellagio. Una de las cosas que ver en las Vegas, aunque si soy sincero, la fuente de colores de Montjuic en Barcelona, le da mil patadas. Pero hay que verlo también.

Y ya, entrada la noche, volvimos a Fremont para cenar y tomar una copa para despedirnos por unos días de esta diferente ciudad. Fremont por la noche es un despilfarro de luz y color.

Entramos en un restaurante mexicano, para comer de nuevo alguna hamburguesa y deleitarnos con nachos que nada tienen que ver con los de aquí.

Y después de tomar unas cervezas bajo la cúpula de Fremont, volvimos al hotel para descansar ya que al día siguiente emprendimos ruta por la costa oeste.

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